miércoles, 9 de noviembre de 2011

Las causas de los menores infractores

Se han planteado causas hereditarias para la conducta sociopática, estudios como los de Lange (1929) y Krans (1936) compararon los niveles de concordancia en la criminalidad entre gemelos idénticos y fraternos, demostrando que la correlación era mucho mas alta entre los primeros, respaldando así la teoría de que pueden intervenir factores genéticos. Sin embargo, también es posible que estos gemelos recibieran durante su infancia un trato similar, que mas bien nos llevaría a ponderar la importancia de los factores ambientales.

También se ha divulgado el hecho de que en varones que cometieron crímenes particularmente violentos se haya encontrado un cromosoma masculino adicional (XYY) que, sin duda, es una aberración genética. Pero Rosenthal (1970) notó que del gran numero de criminales y delincuentes examinados hasta la fecha, solo cerca del 1.5% presentaron esta característica.

Otros enfoques examinan los patrones de actividad de las ondas cerebrales. Ellingson (1954) revisó los primeros estudios e informó en trece de catorce de estos reportes que, después de examinar aproximadamente 1500 sujetos, encontró que del 31 al 58% manifestaron algún tipo de anormalidad electroencefalográfica (EEG). El tipo mas frecuente de anormalidad fue una actividad caracterizada por ondas lentas, generalmente difundidas por todo el cerebro. Sin embargo, según Hill (1952), hay pruebas de que en los individuos muy impulsivos y agresivos, las anormalidades del EEG se hallan en los lóbulos temporales de los hemisferios cerebrales. Se trata de los llamados picos positivos, explosiones de actividad con frecuencias de 6 a 8 ciclos por segundo (cps) y de 14 a 16 cps. Es muy posible que estas anormalidades del EEG reflejen algún tipo de disfunción de los mecanismos temporales y límbicos subyacentes que intervienen en los procesos sensoriales y mnémicos y en la regulación que el sistema nervioso lleva a cabo sobre la conducta emocional y motivacional, que se traduzcan en una disfunción que haga que a estas personas les sea difícil aprender a evitar una conducta que pueda acarrear un castigo.

Así, Cleckley (1964) afirma que un criterio para la definición del síndrome sociopático es la incapacidad de los sociópatas para aprender en base a la experiencia. En lo particular, no parecen sentir la necesidad de evitar las consecuencias de su conducta antisocial . En esa línea de pensamiento, Likken (1957) dedujo que el sociópata podía tener pocas inhibiciones para cometer actos antisociales debido a que era poco ansioso. Aplicó diversas pruebas a fin de determinar si los sociópatas realmente tenían niveles bajos de ansiedad. Una de estas pruebas implicó el aprendizaje de evitación. Los datos de la investigación de Schachter y Latané (1964) añadieron apoyo a esta interpretación. No obstante, la investigación de Schmauk (1970) cuestiona estas interpretaciones, al demostrar que los sociópatas sí pueden aprender a evitar castigos, mientras estos sean relevantes a sus sistema de valores (perder dinero vs. castigo físico, tangible o social).


Debemos consignar también que los sociópatas suelen describirse como personas que no pueden responder emocionalmente al afrontar situaciones familiares o nuevas juzgadas como angustiantes o desagradables por la mayoría de la gente. Esta descripción es notablemente congruente con el descubrimiento de Schachter y Latané en el sentido de que los sociópatas no evitan normalmente las descargas eléctricas, pero que sí lo llegan a hacer cuando aumenta la excitación de su sistema nervioso autónomo por inyecciones de adrenalina. De esta manera, Quay (1965) sugirió que la impulsividad del sociópata, su sed de emociones fuertes, y su incapacidad de tolerar la rutina y el aburrimiento son propiciadas por su estado de baja excitación. Skrzypek (1969) probó esta hipótesis con una muestra de reclusos sociopáticos y no sociopáticos y descubrió que los sociópatas efectivamente manifestaron una preferencia algo mayor que los demás reclusos hacia la novedad y la complejidad (Davison y Neale, 1983).

La atmósfera familiar de los jóvenes delincuentes también se argumenta que es un factor responsable de su conducta inapropiada. Investigaciones iniciales como las de Partridge (1928), Knight (1933) y Haller (1942) consideran que el rechazo, generalmente de la madre, es un factor causal de este fenómeno. Otro grupo de investigadores (Szurek, 1942; Lindner, 1944; Greenacre, 1945, Bowlby, 1952) también plantean el rechazo, pero del padre. Uno de los estudios mas amplios sobre la conducta criminal, McCord, McCord y Zola (1959) reporta una fuerte liga entre la presencia de conducta psicopática y la privación emocional que produce el conflicto con los padres, la crueldad, el castigo errático y la falta de reconocimiento.

Mas recientemente, Buss (1966) argumenta que hay dos clases de modelos parentales que llevan al desarrollo de la psicopatía. Primero, cuando el padre es frío y distante del niño. Buss dice que el pequeño imita al padre y se vuelve frío y distante en sus propias relaciones. En segundo lugar, cuando los padres son inconsistentes en su entrega de recompensas y castigos, lo que hace difícil para el niño aprender a definir el rol modelado, teniendo como resultado que no se desarrolle consistentemente un modelo de sí mismo. Estas persona parecen privados de estimulación (Quay, 1965), pues aquello que podría ser adecuado para moldear la conducta de muchas personas en la sociedad, no les resulta suficiente para mantener un comportamiento de conformidad. El resultado es la extinción y no el reforzamiento. Estas personas actúan impulsivamente debido a que la cantidad de reforzamiento efectivo es insuficiente para mantener su conducta (Ullman y Krasner,1969).

Hace poco que empieza a cobrar importancia la teoría general de la tensión emocional, desarrollada por Agnew (2001), donde se argumenta que los estresores aumentan la probabilidad de que emociones negativas como la rabia y la frustración ocurran. Estas emociones hacen presión para que se den acciones correctivas y el crimen es una posible respuesta. Se trata de un enfoque cognoscitivo que pretende explicar el fenómeno del aprendizaje de la conducta delictiva. Se dice que el crimen es una forma de reducir la tensión (ejemplo: robar el dinero que uno necesita), buscar venganza o aliviar emociones negativas (ejemplo: mediante el consumo de drogas). La teoría apunta a varias categorías nuevas de estresores como la pérdida de estimulación positiva (ejemplo: pérdida de la pareja romántica, muerte de un amigo), la presentación de estimulación negativa (ejemplo: asalto físico o insultos verbales) y nuevas categorías de obstáculos para alcanzar metas (ejemplo: el no lograr que se haga justicia). En particular, es mas probable que la tensión lleve al crimen cuando el individuo carece de habilidades y recursos para enfrentarla de manera legítima, cuenta con poco apoyo social, tiene poco control social, maldice que traten mal a otros y está dispuesto a ser criminal.

Eventos negativos en la vida, sentirse hastiado, relaciones negativas con los adultos, peleas entre los padres, se asocian significativamente con la delincuencia. Es mas probable que los estresores lleven al crimen cuando estos se perciben como (a) injustos, (b) intensos, (c) asociados con poco control social o (d) como incentivos para formas criminales de enfrentarlos.

La conducta delictiva se facilita si uno se expone a modelos o ejemplos de ella (en los medios), si se premia el crimen (en las sub-culturas o pandillas) o si se generan pseudo-valores (como el "machismo"). Esta teoría de la tensión emocional señala como factores de riesgo para la conducta delictiva: (1) el rechazo de los padres, (2) la supervisión y la disciplina estricta, (3) el haber recibido abuso por parte de otros, (4) las experiencias negativas en la escuela, malas calificaciones, problemas con los maestros y el ver la escuela como aburrida o inútil, (5) el sub-empleo. (6) el hogar desintegrado o la falta de hogar, (7) el abuso de parte de compañeros o "amigos", (8) el haber sido víctima de un crimen, (9) las experiencias de discriminación por causas raciales, religiosas u otras.

Un trabajo verdaderamente esclarecedor de la etiología de la conducta antisocial, es el de Patterson (2002). Asume que esta conducta es aprendida por reforzamiento y aclara la naturaleza de los reforzadores, quienes los otorgan y qué determina que se les proporcionen.

En los estudios de campo realizados en guarderías se observó que 80% de los 2,583 eventos agresivos registrados, la agresión era seguida de "llanto de la víctima" o "de que la víctima le da el juguete". Estos son reforzadores positivos para el atacante, aunque a veces interviene el maestro o la víctima no cede. Los actos de estos niños les funcionan bien y cuando hay poco control de parte de los adultos, la víctima es quien proporciona el reforzamiento. Al verse premiado, el atacante lo vuelve a hacer de la misma forma y con la misma víctima. Cuando no obtiene el premio, cambia su forma de atacar o cambia de víctima.

También, en observaciones hechas en los hogares, se ha visto que el niño aprende a utilizar conductas aversivas para terminar conflictos con otros de sus familiares. Las familias problemáticas se involucran en relaciones aversivas una vez cada 16 minutos, siendo entre 10 y 15% de estas de tipo agresivas. Antes de que el niño agreda, generalmente ha sido agredido por otro de sus familiares. Los estudios mediante observación directa muestran que el entrenamiento de los agresores se inicia en la casa, tomando la forma de las relaciones coercitivas.

Otros estudios muestran como resulta el antecedente aversivo el que la mamá no esté disponible y cuando el niño arremete (al hermano, por ejemplo), la disponibilidad de la madre sirve como reforzamiento.

También se ha visto que los niños son reforzados negativamente por los adultos cuando su conducta agresiva hace que las solicitudes de los adultos terminen. Este mecanismo también es útil tanto para fortalecer conductas apropiadas, como otras muchas conductas desviadas.

Los niños antisociales usualmente son detectados en la escuela y son rechazados por el grupo de compañeros normales. Entonces, estos buscan un grupo de amigos que sean igualmente problemáticos o desviados. Este proceso se continúa durante la adolescencia, donde el individuo antisocial cuidadosamente selecciona tanto amigos como pareja romántica, que igualen (y refuercen) su comportamiento desviado. Compañeros desviados modelan y refuerzan formas cubiertas de conducta antisocial (como el uso de sustancias, el robo, hacer trampa o mentir, defraudar y comprometerse en conducta sexual de alto riesgo).

Ribes (1972) lo ha descrito diciendo que hay dos factores que determinan la conducta delictiva : (1) el reforzamiento intermitente que recibe y (2) las consecuencias aversivas demoradas que establece la comunidad. La génesis directa de la conducta delictiva se encuentra, pues, en la incapacidad de la sociedad para procurar contingencias adecuadas que promuevan el desarrollo de repertorios pertinentes en todos los miembros del grupo, que les posibiliten el acceso a fuentes de reforzamiento sancionadas positivamente por dicha sociedad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario